Se da por sentado con demasiada facilidad que el sitio correcto para el suelo es justo debajo de nuestros pies. Una ingenuidad, qué duda cabe. Y una convención, también. ¿Por qué no cambiarla? Por otra convención, claro. Sí, es cierto, no hay muchas opciones: arriba, al lado o en ángulo. Hay que pensarlo un poco. Trasladar el suelo justo arriba podría tener una simetría excesiva y se correría el riesgo de dejar las cosas casi igual. Y ponerlo inclinado exigiría seleccionar un ángulo entre los infinitos posibles, lo que no dejaría ser algo arbitrario. Siendo así, lo mejor es colocar el suelo verticalmente. Y no es difícil: bastará con ser capaz de imaginarse que caminamos por una pared. Fácil: basta un poco de práctica para conseguirlo, quién lo duda. Y la ganancia es obvia: seguimos siendo convencionales pero un poco menos ingenuos, porque cuando se deja atrás una convención la sustituta siempre es menos sólida que su antecesora y es menos probable que sea duradera. Siendo así, ya habría que ir pensando adónde vamos a mover el suelo cuando nos cansemos de caminar por la pared. Y, claro, ya de paso, quizás habría que pensar si no habrá otras cosas que también podría convenir cambiar de lugar. Quizás el cielo.
Nº1 / La ciudad líquida (Postales de María).
En esta ocasión, la ciudad visitada y objeto de esta crónica también era una kilométrica aglomeración de arcilla cocida, hierro y diversos materiales desconocidos, pero en lugar de acabar, como habitualmente, por el cómodo sistema de ir desapareciendo poco a poco por sus bordes, optó por delimitar con un corte limpio uno de sus límites, para lo que escogió el ingenioso método de colocar, en el lugar requerido, una superficie, aparentemente de cierto grosor, de material inequívocamente líquido, probablemente agua (atendiendo a los costes).
Pues bien, la presencia de la citada superficie líquida, como parte estructural de una de esas aglomeraciones, condiciona de forma relevante las posibilidades vitales de sus ocupantes. Así:
- Una. No pueden salir corriendo en cualquier dirección, sino que, en el momento del contacto con la superficie líquida descrita, tienen que escoger entre comenzar a nadar o buscar una barca u otro artefacto funcionalmente equivalente.
- Dos. Tienen a su disposición la posibilidad de aumentar la frecuencia e intensidad de sus estados bucólicos mediante el recurso de dar paseos por el borde de la señalada masa líquida, preferentemente en el momento del amanecer y el crepúsculo (por no hablar del desconcierto que pueden provocar los extraños reflejos coloreados que aparecen algunas noches).
- Tres. Pueden reflexionar sobre las causas físicas e históricas que dieron lugar a la diferente consistencia entre la materia líquida repetidamente citada y la de tipo más bien sólido que, normalmente, tienen debajo de sus pies.
Por lo demás, la gente parece tan aburrida como en el resto de lugares visitados en el transcurso de esta no planificada investigación.


