El duende de la lentitud

Esto decía Fernando Pessoa por boca de Álvaro de Campos:

No: despacio.
Despacio, porque no sé a dónde quiero ir.
Hay entre mí y mis pasos una divergencia instintiva.
Hay entre quien soy y donde estoy una diferencia de verbo
que corresponde a la realidade.

Despacio
Sí, despacio…
Quiero pensar en lo que quiere decir este despacio…

Talvez el mundo exterior tenga demasiada prisa.
Talvez el alma común quiera llegar antes.
Talvez la impresión de los momentos sea cercana en exceso…

Talvez todo eso…
Pero lo que me preocupa es esta palabra despacio…
¿Qué es lo que tiene que ser despacio?
Si acaso el universo…

Y razón no le faltaba.

De hecho, a veces, cuando hago las cosas con especial lentitud, parece que asomase por debajo de ellas algo distinto, casi otro mundo. Prendiendo los botones de la camisa, secando las manos con la toalla, pelando una manzana… Haciéndolo bien lento, exageradamente lento, es sorprendente lo que se puede sentir. Casi como si, al hacerlo, apareciese un pequeño duende trasteando entre los dedos y se viese que es él quien realmente abrocha los botones, friega las manos o mueve el cuchillo contra la manzana.

Eso sí, el duende tiene la delicadeza de no preguntar por qué lo tengo haciendo lo que está haciendo.

Mi zombi y yo

Desde que sé que soy un zombi la verdad es que estoy mucho más tranquilo. Ciertamente, no hay como conocerse bien para andar a gusto por el mundo.

Con todo, conviene aclarar que, afortunadamente, no se trata de que yo sea uno de esos seres destartalados de los que tanto gustan últimamente el cine de terror y las series de televisión. Mi caso es mucho más elegante, porque estoy hablando de zombis en términos nada menos que neurobiológicos e, incluso, poniéndose estupendo, de filosofía de la mente, que es mucho más fino, qué duda cabe. Porque, de acuerdo con lo que dicen estos respetables saberes, un zombi vendría siendo algo así como “un ser que desarrolla comportamiento, pero sin tener estados conscientes”. Y, siendo así, tengo que reconocer que la mayor parte del tiempo yo voy por el mundo de esa manera, es decir, más bien sin mí. Un zombi, pues.

Por otro lado, una segunda necesaria aclaración es que para saberse un zombi es indispensable dejar de serlo de vez en cuando. Por lo menos un rato, aunque solo sea diez minutos, y en esos instantes es preciso alcanzar cierto grado de presencia y constatación de sí mismo, estado en el que inmediatamente uno deja de ser un zombi y pasa a ser otra cosa, otra cosa en la que tampoco se gana mucho, porque yo diría que se parece más de lo deseable a la condición de fantasma, y digo fantasma porque no sé qué otro nombre ponerle a sentirse estar ahí sin tener muy claro de lo que se trata.

En fin, lo malo está en que andar de fantasma es un poco precario porque, en cuanto uno se despista, se vuelve a ser un zombi, que es lo que me pasa a mí la mayor parte del tempo. Claro que quizás no sea realmente tan malo porque ser fantasma, francamente, resulta cansado.

Observatorio de desconciertos

No quisiera parecer alarmista, que además no es mi forma de ser, que yo soy de natural más bien tranquilo, pero no resulta posible dejar de señalar ciertos aspectos de lo que tenemos alrededor con los que, decididamente, somos demasiado confiados. Porque, francamente, es increíble la temeraria tranquilidad con la que nos tratamos día a día, en cualquier día normal, con eso que llamamos cosas y objetos, hechos y acontecimientos.

Supongo que será por la inercia de la costumbre y porque, aparentemente, nunca pasa nada. Pero claro que pasa, por mucho que no lo veamos. O no sepamos verlo. O hagamos por no verlo.

Bien, cierto es que atribuirles malicia a los objetos, o intencionalidades ocultas a los hechos, puede tener algo de riesgo. En concreto, el riesgo de ser diagnosticado como paranoico, pero hay cosas peores.

Por otra parte, tampoco hay que precipitarse. Mejor moverse con prudencia. No se trata de inducir al pánico, especialmente, el propio. Así que quizás pueda bastar con ser capaz de observar los desconciertos que deberían provocar esas cosas que nunca pasan.

Estimado presunto autor:

Estimado presunto autor:

No quisiéramos parecer desagradecidos, pero debería comprender que un año sin noticias suyas es más de lo que podemos aceptar. Se dará cuenta de que la condición de personajes de ficción, ya de por sí bastante penosa, se vuelve además muy aburrida si no hay algo de movimiento.

Siendo así, y sin ánimo resentido, queremos trasladarle nuestra baja como (también presuntos) emisores de las entradas de su blog. Francamente, resulta incómodo mantenerse en un estado de disponibilidad permanente para no ser finalmente requeridos.

En cualquier caso, puede contar con nuestros mejores deseos para la continuación de su proyecto, aunque sea sin nosotros. Evidentemente, en la nueva situación quizás le resulte más complicado mantener esa ambigüedad autorial que, debería reconocerlo, es más un intento de estar en misa y repicando (o de tirar la piedra y esconder la mano) que una consecuencia de hipotéticas exigencias de estos tiempos posmodernos.

Se despiden de usted,

María, Óscar y (principalmente) Pérez

Nº 27 / Estadísticas de movilidad estática (Estudios de Pérez)

Hombre sentado 2

“Los datos obtenidos confirman, como era de esperar, la existencia de diferentes pautas de movilidad declaradas como preferentes en función del marco de restricciones aplicables. Así, si bien en las condiciones habituales (por hipótesis, sin restricciones significativas a la movilidad) las preferencias declaradas de modo mayoritario son la de cuasi inmovilidad (43%, quedarse en la cama, por ejemplo) y la de movilidad limitada (27%, del sofá a la nevera, por ejemplo), sin embargo, en el caso de plantear hipotéticas restricciones que impidan el uso de espacios abiertos, los encuestados modifican claramente las pautas declaradas para comenzar a manifestar como deseadas determinadas actividades no realizadas hasta ese momento , como hacer deporte (33%), ir a librerías (21%) o visitar parientes (20%), y de imposible realización en el marco propuesto por suponer desplazamiento exterior.

Con el fin de contrastar la evidente disonancia en los datos, se optó por repetir la encuesta, pero una vez declaradas por el encuestado las preferencias para el marco sin posible desplazamiento al exterior y planteando ahora la desaparición de las restricciones a la movilidad. Ante este nuevo escenario, se pudo comprobar que, si bien algunos sujetos recuperan como preferentes las pautas de inmovilidad del marco sin restricciones (23%) y otros mantienen las señaladas para el caso restrictivo (31%), sin embargo, la opción mayoritaria resulta ser la selección de un tercer tipo de pauta (45%) que se podría describir como de inmovilidad críptica o vergonzante (trasladar la cama, o el sofá y la nevera, al exterior de la vivienda habitual, por ejemplo)”.

 

Nº 26 / Mis células y yo (Sermones de Óscar)

Otras adicciones 2

Francamente, desconfío un poco de mis células. En concreto, no entiendo que me den tanta libertad. Cierto es que, hasta cierto punto, cuido de ellas razonablemente bien: respiro, las alimento, elimino sus residuos, las muevo de sitio cuando hace demasiado calor o mucho frío…

Pero también, hay que reconocerlo, les hago algunas faenas de las buenas: fumo, bebo alcohol, a veces me acuesto tarde… Claro que eso no sería nada comparado con el perjuicio que podría causarles si me diese por librarme de ellas. Cierto es que hacerlo podría tener también alguna consecuencia para mí, pero no quita, no quita…

De todas formas, el problema de fondo es no tengo muy claro si el jefe soy yo o si son ellas las que mandan. A fin de cuentas, ellas son muchas: unos cinco billones, cien mil millones arriba o abajo.

En cualquier caso, por una cuestión de principios, me niego a reconocer cualquier tipo de servidumbre respecto a la, llamémosla así, corporación celular.

Lo malo es que a veces me imagino al termóstato de mi nevera diciendo algo parecido y declarándose, digamos, independiente. Y casi lo oigo contándose su cotidianidad: “He pasado muy mala noche. Me costó enfriar una cazuela enorme y demasiado caliente que apareció a última hora y cuando me abrí por la mañana para sacar a pasear a la botella de leche casi no había terminado el trabajo”.

En fin, quizás sea mejor no darle muchas vueltas y agradecer la situación tal como está. A fin de cuentas, por lo menos me dejan decir que el jefe soy yo. Y, sobre todo, puedo fumar.

Nº 25 / Musas poco fiables (Intrusiones de González)

Fernando Pessoa, por medio de Álvaro de Campos, se quejaba en un poema escrito en 1935 de que, cuando se convocaba a él mismo, no aparecía. Así decía:

PessoaLos antiguos invocaban a las musas.
Nosotros nos invocamos a nosotros mismos.
No sé si las musas aparecían,
supongo que dependería de lo invocado y la invocación,
pero sí sé que los que no aparecemos somos nosotros.
Cuántas veces me he inclinado sobre el pozo que me supongo
y balado un “¡Ah!” para oír un eco,
y solo he oído lo que he visto:
la leve luz oscura con la que el agua resplandece
en la inutilidad del fondo…
Ningún eco hacia mí…
Solo vagamente una cara
que tiene que ser mía por no poder ser de otro.
Es una cosa casi invisible,
que apenas intuyo
allá en el fondo,
en el silencio y en la luz falsa del fondo…
¡Qué musa!

Sin embargo, bien pudiera ser que el problema fuese otro, y más bien el contrario, porque el caso es que, por lo que insisten en contarnos últimamente los neurocientíficos y filósofos de la mente (con todas las desconfianzas que pueden suscitar estos dos colectivos, casi tan incómodos como el de las señoras con perrito y el de los jovenzuelos con patinete) a estas alturas habría que comenzar a tener algunas dudas de que haya realmente alguien o algo que pueda aparecer. Siendo así, quizás a Pessoa hubiese debido preocuparle, más que su levedad, la poco fiable naturaleza de ese reflejo al fondo del pozo. Aunque, bien mirado, quizás sea lo mismo.

Nº 24 / Luna de día (Postales de María)

Luna redonda con sombra

Estimada Gerencia del Parque:

Como usuaria circunstancial de sus instalaciones (en particular, me ha resultado muy agradable el banco que está al lado del cedro situado junto al estanque), y aun aceptando que, aparentemente, el servicio de mantenimiento del antedicho espacio de ocio al aire libre lleva a cabo sus funciones de acuerdo con los estándares establecidos, permítanme hacerles notar la necesidad de atender una incidencia que ha dado lugar a una indudable deficiencia en la prestación.

Así, les informo de la injustificada presencia en su parque de la Luna en horario diurno, y nada menos que durante casi toda la tarde de un domingo, afectando este hecho negativamente, como pueden suponer, a la coherencia del conjunto, con el evidente malestar que de ello se deriva.

Reconociendo que el hecho descrito tiene un origen en buena medida ajeno a la administración del parque, con todo, sería aconsejable intentar evitar en el futuro situaciones como la descrita promoviendo acuerdos de colaboración y coordinación con el citado satélite, con el fin de evitar ese tipo de desajustes en la coherencia del conjunto, los cuales sin duda puede ser una fuente de desasosiego para cualquier usuario que caiga en la cuenta.

Ya se sabe, uno comienza por poner en duda la presencia de la Luna y puede acabar por sospechar de la fiabilidad de su propia sombra.

Les sugiero que me trasladen su obligado agradecimiento en una nota clavada en el mismo poste en el que yo les dejo esta postal.

Un saludo,

Una usuaria de paso

Nº 23 / Sobre nubes y charcos (Sermones de Óscar)

NubesQué tremendo malentendido sentirse parte de la familia biológica, la de los animales y los seres vivos, en lugar de hacerlo con la familia climática, la de las nubes y el viento. En concreto, de la clase de las nubes, familia de la lluvia, género de los charcos.

Lo que impide apreciar como se debe los logros del pasado. Porque aun siendo cierto que los primeros charcos que mostraron cierta habilidad para la permanencia de sus bordes eran muy primitivos, cómo no, no tardaron en desarrollar capacidades sorprendentes: primero abrir y cerrar esos bordes en función de lo que mejor les convenía, luego dejar de esperar pasivamente y comenzar a moverse en función de lo que por allí hubiese. Y, ojo, que todo eso exige ser capaz de saber lo que hay fuera (del charco) sin salir de él para comprobarlo.

Hasta que por fin alguno de ellos, de una de las especies de charco que iban apareciendo (en este punto es necesario reconocer que tampoco tardaron en aparecer comportamientos poco amigables entre las diferentes especies de charcos) fue capaz de reconocer no solo lo que tenía alrededor sino también a sí mismo: el nacimiento de la charquidad consciente.

Deslumbrante logro, sin duda acreedor de agradecimientos materializados en homenajes pétreos y, de hecho, quién sabe si alguno de los que por ahí se encuentran, fruto de épocas quizás más sabias, no se levantaron con esa finalidad.

En cualquier caso, ahí los tenéis hoy, dueños de su mundo, entretenidos en la cotidianidad que fueron inventando sobre la marcha, llena de detalles tan originales como la cocina de autor, la novela negra o el turismo rural.

Eso sí, lamentablemente, la ceguera que tienen respecto a su origen hace que no reconozcan en las nubes a sus antepasados y que cuando llueve, en lugar de saludar a un pariente, no hagan otra cosa que oír llover.

Nº 22 / Los libros y los fotones (Distorsiones per(ez)ceptivas)

Los libros y los fotonesLos fotones que salen disparados de la bombilla se dirigen, rigurosamente, en todas direcciones, así que algunos (unos cuantos miles de millones de millones) golpean contra la página y, en el contacto, modifican su energía alterados por la micro-orografía de la superficie, manipulada (eso que se describe ingenuamente como marcas negras sobre fondo blanco) con la finalidad de que, cuando algunos de los fotones (unos cuantos miles de millones) terminen llegando rebotados hasta el fondo de los ojos del que mira, sean reconocidas las diferencias de energía (porque unos vienen de golpear las marcas negras y otros el fondo blanco), manipulaciones en las que están escondidas intenciones allí depositadas por alguien, quizás mil años antes, y que, en ocasiones, dependiendo de la capacidad del escritor y de la sensibilidad del lector, pueden llegar a que el segundo comparta emociones que el primero sintió, quizás esos mil años antes, o ahora mismo.