Observatorio de desconciertos

No quisiera parecer alarmista, que además no es mi forma de ser, que yo soy de natural más bien tranquilo, pero no resulta posible dejar de señalar ciertos aspectos de lo que tenemos alrededor con los que, decididamente, somos demasiado confiados. Porque, francamente, es increíble la temeraria tranquilidad con la que nos tratamos día a día, en cualquier día normal, con eso que llamamos cosas y objetos, hechos y acontecimientos.

Supongo que será por la inercia de la costumbre y porque, aparentemente, nunca pasa nada. Pero claro que pasa, por mucho que no lo veamos. O no sepamos verlo. O hagamos por no verlo.

Bien, cierto es que atribuirles malicia a los objetos, o intencionalidades ocultas a los hechos, puede tener algo de riesgo. En concreto, el riesgo de ser diagnosticado como paranoico, pero hay cosas peores.

Por otra parte, tampoco hay que precipitarse. Mejor moverse con prudencia. No se trata de inducir al pánico, especialmente, el propio. Así que quizás pueda bastar con ser capaz de observar los desconciertos que deberían provocar esas cosas que nunca pasan.

Estimado presunto autor:

Estimado presunto autor:

No quisiéramos parecer desagradecidos, pero debería comprender que un año sin noticias suyas es más de lo que podemos aceptar. Se dará cuenta de que la condición de personajes de ficción, ya de por sí bastante penosa, se vuelve además muy aburrida si no hay algo de movimiento.

Siendo así, y sin ánimo resentido, queremos trasladarle nuestra baja como (también presuntos) emisores de las entradas de su blog. Francamente, resulta incómodo mantenerse en un estado de disponibilidad permanente para no ser finalmente requeridos.

En cualquier caso, puede contar con nuestros mejores deseos para la continuación de su proyecto, aunque sea sin nosotros. Evidentemente, en la nueva situación quizás le resulte más complicado mantener esa ambigüedad autorial que, debería reconocerlo, es más un intento de estar en misa y repicando (o de tirar la piedra y esconder la mano) que una consecuencia de hipotéticas exigencias de estos tiempos posmodernos.

Se despiden de usted,

María, Óscar y (principalmente) Pérez

Nº 27 / Estadísticas de movilidad estática (Estudios de Pérez)

Hombre sentado 2

“Los datos obtenidos confirman, como era de esperar, la existencia de diferentes pautas de movilidad declaradas como preferentes en función del marco de restricciones aplicables. Así, si bien en las condiciones habituales (por hipótesis, sin restricciones significativas a la movilidad) las preferencias declaradas de modo mayoritario son la de cuasi inmovilidad (43%, quedarse en la cama, por ejemplo) y la de movilidad limitada (27%, del sofá a la nevera, por ejemplo), sin embargo, en el caso de plantear hipotéticas restricciones que impidan el uso de espacios abiertos, los encuestados modifican claramente las pautas declaradas para comenzar a manifestar como deseadas determinadas actividades no realizadas hasta ese momento , como hacer deporte (33%), ir a librerías (21%) o visitar parientes (20%), y de imposible realización en el marco propuesto por suponer desplazamiento exterior.

Con el fin de contrastar la evidente disonancia en los datos, se optó por repetir la encuesta, pero una vez declaradas por el encuestado las preferencias para el marco sin posible desplazamiento al exterior y planteando ahora la desaparición de las restricciones a la movilidad. Ante este nuevo escenario, se pudo comprobar que, si bien algunos sujetos recuperan como preferentes las pautas de inmovilidad del marco sin restricciones (23%) y otros mantienen las señaladas para el caso restrictivo (31%), sin embargo, la opción mayoritaria resulta ser la selección de un tercer tipo de pauta (45%) que se podría describir como de inmovilidad críptica o vergonzante (trasladar la cama, o el sofá y la nevera, al exterior de la vivienda habitual, por ejemplo)”.

 

Nº 26 / Mis células y yo (Sermones de Óscar)

Otras adicciones 2

Francamente, desconfío un poco de mis células. En concreto, no entiendo que me den tanta libertad. Cierto es que, hasta cierto punto, cuido de ellas razonablemente bien: respiro, las alimento, elimino sus residuos, las muevo de sitio cuando hace demasiado calor o mucho frío…

Pero también, hay que reconocerlo, les hago algunas faenas de las buenas: fumo, bebo alcohol, a veces me acuesto tarde… Claro que eso no sería nada comparado con el perjuicio que podría causarles si me diese por librarme de ellas. Cierto es que hacerlo podría tener también alguna consecuencia para mí, pero no quita, no quita…

De todas formas, el problema de fondo es no tengo muy claro si el jefe soy yo o si son ellas las que mandan. A fin de cuentas, ellas son muchas: unos cinco billones, cien mil millones arriba o abajo.

En cualquier caso, por una cuestión de principios, me niego a reconocer cualquier tipo de servidumbre respecto a la, llamémosla así, corporación celular.

Lo malo es que a veces me imagino al termóstato de mi nevera diciendo algo parecido y declarándose, digamos, independiente. Y casi lo oigo contándose su cotidianidad: “He pasado muy mala noche. Me costó enfriar una cazuela enorme y demasiado caliente que apareció a última hora y cuando me abrí por la mañana para sacar a pasear a la botella de leche casi no había terminado el trabajo”.

En fin, quizás sea mejor no darle muchas vueltas y agradecer la situación tal como está. A fin de cuentas, por lo menos me dejan decir que el jefe soy yo. Y, sobre todo, puedo fumar.

Nº 25 / Musas poco fiables (Intrusiones de González)

Fernando Pessoa, por medio de Álvaro de Campos, se quejaba en un poema escrito en 1935 de que, cuando se convocaba a él mismo, no aparecía. Así decía:

PessoaLos antiguos invocaban a las musas.
Nosotros nos invocamos a nosotros mismos.
No sé si las musas aparecían,
supongo que dependería de lo invocado y la invocación,
pero sí sé que los que no aparecemos somos nosotros.
Cuántas veces me he inclinado sobre el pozo que me supongo
y balado un “¡Ah!” para oír un eco,
y solo he oído lo que he visto:
la leve luz oscura con la que el agua resplandece
en la inutilidad del fondo…
Ningún eco hacia mí…
Solo vagamente una cara
que tiene que ser mía por no poder ser de otro.
Es una cosa casi invisible,
que apenas intuyo
allá en el fondo,
en el silencio y en la luz falsa del fondo…
¡Qué musa!

Sin embargo, bien pudiera ser que el problema fuese otro, y más bien el contrario, porque el caso es que, por lo que insisten en contarnos últimamente los neurocientíficos y filósofos de la mente (con todas las desconfianzas que pueden suscitar estos dos colectivos, casi tan incómodos como el de las señoras con perrito y el de los jovenzuelos con patinete) a estas alturas habría que comenzar a tener algunas dudas de que haya realmente alguien o algo que pueda aparecer. Siendo así, quizás a Pessoa hubiese debido preocuparle, más que su levedad, la poco fiable naturaleza de ese reflejo al fondo del pozo. Aunque, bien mirado, quizás sea lo mismo.

Nº 24 / Luna de día (Postales de María)

Luna redonda con sombra

Estimada Gerencia del Parque:

Como usuaria circunstancial de sus instalaciones (en particular, me ha resultado muy agradable el banco que está al lado del cedro situado junto al estanque), y aun aceptando que, aparentemente, el servicio de mantenimiento del antedicho espacio de ocio al aire libre lleva a cabo sus funciones de acuerdo con los estándares establecidos, permítanme hacerles notar la necesidad de atender una incidencia que ha dado lugar a una indudable deficiencia en la prestación.

Así, les informo de la injustificada presencia en su parque de la Luna en horario diurno, y nada menos que durante casi toda la tarde de un domingo, afectando este hecho negativamente, como pueden suponer, a la coherencia del conjunto, con el evidente malestar que de ello se deriva.

Reconociendo que el hecho descrito tiene un origen en buena medida ajeno a la administración del parque, con todo, sería aconsejable intentar evitar en el futuro situaciones como la descrita promoviendo acuerdos de colaboración y coordinación con el citado satélite, con el fin de evitar ese tipo de desajustes en la coherencia del conjunto, los cuales sin duda puede ser una fuente de desasosiego para cualquier usuario que caiga en la cuenta.

Ya se sabe, uno comienza por poner en duda la presencia de la Luna y puede acabar por sospechar de la fiabilidad de su propia sombra.

Les sugiero que me trasladen su obligado agradecimiento en una nota clavada en el mismo poste en el que yo les dejo esta postal.

Un saludo,

Una usuaria de paso

Nº 23 / Sobre nubes y charcos (Sermones de Óscar)

NubesQué tremendo malentendido sentirse parte de la familia biológica, la de los animales y los seres vivos, en lugar de hacerlo con la familia climática, la de las nubes y el viento. En concreto, de la clase de las nubes, familia de la lluvia, género de los charcos.

Lo que impide apreciar como se debe los logros del pasado. Porque aun siendo cierto que los primeros charcos que mostraron cierta habilidad para la permanencia de sus bordes eran muy primitivos, cómo no, no tardaron en desarrollar capacidades sorprendentes: primero abrir y cerrar esos bordes en función de lo que mejor les convenía, luego dejar de esperar pasivamente y comenzar a moverse en función de lo que por allí hubiese. Y, ojo, que todo eso exige ser capaz de saber lo que hay fuera (del charco) sin salir de él para comprobarlo.

Hasta que por fin alguno de ellos, de una de las especies de charco que iban apareciendo (en este punto es necesario reconocer que tampoco tardaron en aparecer comportamientos poco amigables entre las diferentes especies de charcos) fue capaz de reconocer no solo lo que tenía alrededor sino también a sí mismo: el nacimiento de la charquidad consciente.

Deslumbrante logro, sin duda acreedor de agradecimientos materializados en homenajes pétreos y, de hecho, quién sabe si alguno de los que por ahí se encuentran, fruto de épocas quizás más sabias, no se levantaron con esa finalidad.

En cualquier caso, ahí los tenéis hoy, dueños de su mundo, entretenidos en la cotidianidad que fueron inventando sobre la marcha, llena de detalles tan originales como la cocina de autor, la novela negra o el turismo rural.

Eso sí, lamentablemente, la ceguera que tienen respecto a su origen hace que no reconozcan en las nubes a sus antepasados y que cuando llueve, en lugar de saludar a un pariente, no hagan otra cosa que oír llover.

Nº 22 / Los libros y los fotones (Distorsiones per(ez)ceptivas)

Los libros y los fotonesLos fotones que salen disparados de la bombilla se dirigen, rigurosamente, en todas direcciones, así que algunos (unos cuantos miles de millones de millones) golpean contra la página y, en el contacto, modifican su energía alterados por la micro-orografía de la superficie, manipulada (eso que se describe ingenuamente como marcas negras sobre fondo blanco) con la finalidad de que, cuando algunos de los fotones (unos cuantos miles de millones) terminen llegando rebotados hasta el fondo de los ojos del que mira, sean reconocidas las diferencias de energía (porque unos vienen de golpear las marcas negras y otros el fondo blanco), manipulaciones en las que están escondidas intenciones allí depositadas por alguien, quizás mil años antes, y que, en ocasiones, dependiendo de la capacidad del escritor y de la sensibilidad del lector, pueden llegar a que el segundo comparta emociones que el primero sintió, quizás esos mil años antes, o ahora mismo.

 

Nº 21 / No hay que fiarse de las mesas (Sermones de Óscar)

Una mesa. Una sólida mesa. Nada como un buen tópico para aclarar las cosas. Y aun mejor si se le añade un segundo tópico: el color rojo. Ahí está, una mesa roja. Bien mirado, no es un color frecuente en las mesas, pero es lo que ahora conviene para poder tener las cosas claras.Mesa, sillas y parasol

Porque todo el mundo, menos algún despistado, hace tiempo que está de acuerdo en que el color rojo no existe fuera de nuestra mente. Eso ya lo dijeron los primeros pensadores modernos, allá por el siglo diecisiete, si no antes, que se inventaron aquello de las propiedades primarias y las secundarias, como bien explicaban en secundaria (¿o era en primaria?).

 “El color rojo es una propiedad secundaria, que crea nuestra mente, mientras que la forma, el volumen, el peso y otras de ese género son primarias, y su existencia no depende de la percepción del sujeto que las percibe”.

O algo así decían. Lo malo está en que, lamentablemente, las propiedades primarias, cuando se rasca un poco en ellas, tienden a volverse más bien secundarias y, claro, ¿qué clase de cosa es una cosa que solo tiene propiedades secundarias? ¿Dónde va la solidez de la mesa? De hecho, ¿dónde va la mesa?

En fin, que conviene no fiarse de las mesas y pensárselo un poco antes de dejar algún objeto encima de ellas. Y, generalizando, lo mismo habría que decir de las sillas, especialmente si su uso lleva a poner en duda las propiedades primarias de que está encima.

Nº 20 / De la importancia de escoger bien los zapatos (Postales de María).

Pies 2A veces, afortunadamente no siempre, cuando paseo por alguna ciudad desconocida (porque nunca me pasa en casa, no sé por qué), matando la tarde después de cumplir el horario previsto de lo que haya tocado esta vez, inesperadamente, noto el tacto que produce en la planta de mis pies, adecuadamente colocados dentro de sus correspondientes zapatos, el peso de mi cuerpo, empujado por la maleducada gravedad, apretándose contra el suelo o, por decirlo más técnicamente, contra la superficie de la Tierra.

La molestia está en que, cuando eso pasa, esa percepción suele venir acompañada de una constatación algo incómoda. En concreto, que no tengo clara cuál es mi relación con la superficie de la Tierra.

Puede parecer una pregunta más bien tonta, pero no hay que fiarse. Porque, para empezar, ¿qué es eso que llamamos “superficie de la Tierra”?

Es cierto que se podría pensar que la contundencia de su mera presencia, su simplemente “estar ahí”, vuelve ridícula la pregunta. Y aún más teniendo en cuenta que los fotones, todos, y mira que son muchos, estarían de acuerdo con la evidencia de su existencia, que bien que se quedan enganchados en ella cuando se la encuentran, incluso calentándola un poco y hasta desarreglándole levemente su estructura molecular. Así que no le vengas a los fotones con sospechas sobre la  fiabilidad de la superficie de la Tierra.

Sin embargo, y hay que decirlo, si se le preguntase su opinión a los neutrinos, y son muchos más que los electrones, que ya es decir, no sabrían ni de lo que se les estaba hablando: “¿La Tierra? ¿Tú sabes qué es eso? Nunca me la he encontrado, y mira que tengo peinado y repeinado el universo de arriba apara abajo y de derecha a izquierda. Sobre todo de derecha a izquierda”.

Siendo así, no sé si dar la razón a los fotones o a los neutrinos.

En cualquier caso, mientras lo pienso, seguiré con este agradable paseo por esta ciudad tan agradablemente extraña aunque, eso sí, creo que, mientras camino, iré echando un ojo a los escaparates de las tiendas por si veo unos zapatos bien acolchados, soberbiamente blanditos, de esos con los que ni se nota el suelo al caminar. Y, si los encuentro, que se aclaren entre ellos fotones y neutrinos.