Simplificando la realidad

En ocasiones pienso que estaría bien tener otra realidad más simple que esta, que resulta un poco irritante con tanta cosa que tiene, un poco incómoda con tanta irregularidad, eso que llamamos formas, objetos, cosas, seres…

Seguro que al principio todo era más simple, y habría poco más que algún átomo disperso por ahí suelto. Pero alguien debió de pensar algo así como “Qué mal puede hacer dejar aumentar el número de átomos y que se junten un poco”, y al momento, en el abrir y cerrar de ojos de unos cuantos miles de millones de años, ya estaban ahí esos seres empeñados en no ver otra cosa que esas triviales diferencias en la colocación de los protones y los electrones, que ellos llaman estrellas, planetas, piedras, pájaros…

Lo ideal sería volver a juntar cada protón con un electrón para hacer átomos de hidrógeno, y luego asegurarse bien de que queden adecuadamente esparcidos por el universo entero, sin dejarlos amontonarse, haciéndoles guardar siempre las distancias, no vaya a ser que en un despiste comiencen de nuevo a juntarse y complicarse, y luego se pongan a andar por ahí reduciendo y oxidando lo que encuentran, y terminen por aparecer otra vez seres como nosotros, quejándose de que todo sea tan complicado.

Lucecitas verdes

En una ocasión, al salir el viernes por la noche como acostumbramos, fuimos a tomar una cerveza a una coctelería que está cerca de casa. Fuimos temprano, en la hora de la cerveza en lugar de la de los cócteles, porque sabíamos que iba a tocar un saxofonista en una promoción de una marca de alcohol.

Estábamos seis clientes así que, como promoción, no está claro que sirviera de mucho. El saxofonista, que tocaba sobre bases grabadas y se movía entre la poca gente que por allí estábamos, llevaba sombrerito, pajarita y tirantes y, para rematar el conjunto, los laterales del saxo estaban resaltados con unas líneas de lucecitas verdes. Tocaba muy bien, en un estilo pop-rock, y hacía lo que podía para animar, pero aquello no había quien lo levantase.

El caso es que a mí las que me llamaron mucho la atención fueron las lucecitas verdes en el saxo. Digo yo que hay que entenderlas como una forma de llamar la atención, es decir, como una forma de ayudar a ver el saxo de otra manera.

Probablemente la idea es buena y, siendo así, se podría pensar en generalizarla para intentar verlo todo de otra manera y, para ello, probar a ponerle lucecitas verdes a todo. A las mesas, a los coches, las casas, los vasos… Lo que ya no sé es cómo se les podría poner lucecitas verdes a cosas como la ingenuidad o el aburrimiento. Difícil, sin duda. Quizás habría que pensar en usar otros colores…

Sin nada especial que hacer.

Sábado por la mañana. Día lluvioso y algo frío. Sin cosas pendientes, es decir, sin nada en especial que hacer, es decir, con cualquier cosa para poder hacer.

Claro que, considerando que ya voy teniendo cierta edad y que no hay garantías respecto a la duración de mi metabolismo personal, por no decirlo más crudamente, quizás habría que pensar que no se puede andar por ahí gastando el tiempo así, a la buena de dios, como si fuese infinito.

Claro que, y hay que decirlo, para no gastar el tiempo así, a la buena de dios, habría que saber de qué otra forma se podría gastar, cosa que no termina de estar clara, quizás porque para eso habría que entenderlo todo bien, y el caso es que, cuando uno se pone a estudiarlo, todo resulta estar decididamente embarullado y no hay forma de sacar conclusiones mínimamente prácticas.

Claro que, teniendo en cuenta que en unos cinco mil millones de años nuestro terrestre mundo se va a fundir por la explosión del Sol, cuando se le agote su reserva de hidrógeno, la verdad es que da un poco de pereza esforzarse por entenderlo todo. Incluso una parte, como sea tirando a grande.

Siendo así, pienso que voy a gastar esta lluviosa mañana de sábado, algo fría, en no hacer nada. A ver si lo consigo.

Definiciones alternativas: botella

botella

Del fr. bouteille, y este del lat. butticŭla.

f. Aparato construido por lo común con material resistente a la torsión y el estiramiento, en ocasiones transparente con el fin de permitir cierto grado de acceso visual a su interior, de forma normalmente más o menos cilíndrica y siempre manteniendo un receptáculo en su interior accesible de modo controlado por su parte superior (mediante la reducción del radio del cilindro) y dedicado a la manipulación antigravitatoria de moléculas de poca cohesión y, por ello, adaptables al interior receptáculo. Habitualmente, las sustancias contenidas en el aparato se transfieren a otros tipos de aparatos de funcionalidades semejantes, pero de menor tamaño y distintas proporciones, hasta su final traspaso a un receptáculo de naturaleza biológica en el que la sustancia es sometida a procesos químicos y físicos hasta su total o parcial degradación.

Receta para cocinar un universo cualquiera

Una receta para cocinar un universo cualquiera (por ejemplo, el nuestro) vendría a ser algo como esto:

  • Cójase un poco de vacío y sacúdase hasta asegurarse de que aparezcan por allí unas cuantas partículas virtuales.
  • A continuación agárrese alguna de ellas y désele un buen golpe para partirla en tantas piezas como se pueda, aunque en el peor de los casos sería suficiente con dos. Este punto de la preparación hay que completarlo antes de que desaparezca la partícula virtual, y como su límite es el tiempo de Planck que es bastante menos de una trillonésima de segundo, la verdad es que mucho margen no da, así que hay que procurar no despistarse.
  • Una vez obtenidas ese par de partículas asegúrese de no haber infringido el primer principio de la termodinámica midiendo la energía del conjunto para comprobar que es cero. No se olvide de incluir a la gravedad en el cálculo.
  • El último paso será dejar reposar la preparación unos cuantos miles de millones de años para dar tiempo a la aparición de nuevas partículas (no se preocupe por ello, que ya se encargan ellas solas) y a la generación de complejidad (necesitará para ello abundante entropía, pero su incorporación al preparado la realizará ella misma).
  • Compruebe de vez en cuando que la energía del conjunto sigue siendo cero, aunque sería excepcional que no fuese así (salvo hipotéticas intervenciones divinas), ya que la aparición de nuevas partículas siempre estará acompañada de su correspondiente gravedad, asegurando el balance cero.

Por último, debe aclararse que esta receta toma como ingrediente inicial algo de vacío. En principio, se podría sustituir este ingrediente por la Nada, pero debe advertirse que se trata de un producto difícil de obtener fuera de temporada y, aparentemente, no ha vuelto a ser su temporada desde hace unos catorce mil millones de años.

Una cazuela con agua puesta al fuego

Hoy, mientras la calentaba en la cocina, me quedé mirando para una cazuela con agua como si le sospechase la intención de escaparse del fuego a poco que dejase de vigilarla.

Cazuela…

Puesta al fuego…

Agua calentándose… Pues no, porque lo que realmente está ocurriendo es que se está enfriando la cazuela, pasándole su calor al aire por el intermedio del agua que, para acelerar el proceso, se mueve, lo de abajo va para arriba y al revés, y en el proceso toman forma esas burbujitas que aparecen cuando el agua está a punto de hervir.

¿Trivial? Claro, quién va a pensar que unas burbujitas que aparecen en el agua al calentarla van a ser un problema.

Pero el caso es que, si en lugar de la cazuela ponemos la superficie de la Tierra y en el lugar del fuego ponemos la radiación solar, ya solo quedaría adivinar quién haría el papel del agua y, especialmente, de las burbujitas.

Prefiero no dar pistas.

El duende de la lentitud

Esto decía Fernando Pessoa por boca de Álvaro de Campos:

No: despacio.
Despacio, porque no sé a dónde quiero ir.
Hay entre mí y mis pasos una divergencia instintiva.
Hay entre quien soy y donde estoy una diferencia de verbo
que corresponde a la realidade.

Despacio
Sí, despacio…
Quiero pensar en lo que quiere decir este despacio…

Talvez el mundo exterior tenga demasiada prisa.
Talvez el alma común quiera llegar antes.
Talvez la impresión de los momentos sea cercana en exceso…

Talvez todo eso…
Pero lo que me preocupa es esta palabra despacio…
¿Qué es lo que tiene que ser despacio?
Si acaso el universo…

Y razón no le faltaba.

De hecho, a veces, cuando hago las cosas con especial lentitud, parece que asomase por debajo de ellas algo distinto, casi otro mundo. Prendiendo los botones de la camisa, secando las manos con la toalla, pelando una manzana… Haciéndolo bien lento, exageradamente lento, es sorprendente lo que se puede sentir. Casi como si, al hacerlo, apareciese un pequeño duende trasteando entre los dedos y se viese que es él quien realmente abrocha los botones, friega las manos o mueve el cuchillo contra la manzana.

Eso sí, el duende tiene la delicadeza de no preguntar por qué lo tengo haciendo lo que está haciendo.

Mi zombi y yo

Desde que sé que soy un zombi la verdad es que estoy mucho más tranquilo. Ciertamente, no hay como conocerse bien para andar a gusto por el mundo.

Con todo, conviene aclarar que, afortunadamente, no se trata de que yo sea uno de esos seres destartalados de los que tanto gustan últimamente el cine de terror y las series de televisión. Mi caso es mucho más elegante, porque estoy hablando de zombis en términos nada menos que neurobiológicos e, incluso, poniéndose estupendo, de filosofía de la mente, que es mucho más fino, qué duda cabe. Porque, de acuerdo con lo que dicen estos respetables saberes, un zombi vendría siendo algo así como “un ser que desarrolla comportamiento, pero sin tener estados conscientes”. Y, siendo así, tengo que reconocer que la mayor parte del tiempo yo voy por el mundo de esa manera, es decir, más bien sin mí. Un zombi, pues.

Por otro lado, una segunda necesaria aclaración es que para saberse un zombi es indispensable dejar de serlo de vez en cuando. Por lo menos un rato, aunque solo sea diez minutos, y en esos instantes es preciso alcanzar cierto grado de presencia y constatación de sí mismo, estado en el que inmediatamente uno deja de ser un zombi y pasa a ser otra cosa, otra cosa en la que tampoco se gana mucho, porque yo diría que se parece más de lo deseable a la condición de fantasma, y digo fantasma porque no sé qué otro nombre ponerle a sentirse estar ahí sin tener muy claro de lo que se trata.

En fin, lo malo está en que andar de fantasma es un poco precario porque, en cuanto uno se despista, se vuelve a ser un zombi, que es lo que me pasa a mí la mayor parte del tempo. Claro que quizás no sea realmente tan malo porque ser fantasma, francamente, resulta cansado.

Observatorio de desconciertos

No quisiera parecer alarmista, que además no es mi forma de ser, que yo soy de natural más bien tranquilo, pero no resulta posible dejar de señalar ciertos aspectos de lo que tenemos alrededor con los que, decididamente, somos demasiado confiados. Porque, francamente, es increíble la temeraria tranquilidad con la que nos tratamos día a día, en cualquier día normal, con eso que llamamos cosas y objetos, hechos y acontecimientos.

Supongo que será por la inercia de la costumbre y porque, aparentemente, nunca pasa nada. Pero claro que pasa, por mucho que no lo veamos. O no sepamos verlo. O hagamos por no verlo.

Bien, cierto es que atribuirles malicia a los objetos, o intencionalidades ocultas a los hechos, puede tener algo de riesgo. En concreto, el riesgo de ser diagnosticado como paranoico, pero hay cosas peores.

Por otra parte, tampoco hay que precipitarse. Mejor moverse con prudencia. No se trata de inducir al pánico, especialmente, el propio. Así que quizás pueda bastar con ser capaz de observar los desconciertos que deberían provocar esas cosas que nunca pasan.

Estimado presunto autor:

Estimado presunto autor:

No quisiéramos parecer desagradecidos, pero debería comprender que un año sin noticias suyas es más de lo que podemos aceptar. Se dará cuenta de que la condición de personajes de ficción, ya de por sí bastante penosa, se vuelve además muy aburrida si no hay algo de movimiento.

Siendo así, y sin ánimo resentido, queremos trasladarle nuestra baja como (también presuntos) emisores de las entradas de su blog. Francamente, resulta incómodo mantenerse en un estado de disponibilidad permanente para no ser finalmente requeridos.

En cualquier caso, puede contar con nuestros mejores deseos para la continuación de su proyecto, aunque sea sin nosotros. Evidentemente, en la nueva situación quizás le resulte más complicado mantener esa ambigüedad autorial que, debería reconocerlo, es más un intento de estar en misa y repicando (o de tirar la piedra y esconder la mano) que una consecuencia de hipotéticas exigencias de estos tiempos posmodernos.

Se despiden de usted,

María, Óscar y (principalmente) Pérez