Nº 21 / No hay que fiarse de las mesas (Sermones de Óscar)

Una mesa. Una sólida mesa. Nada como un buen tópico para aclarar las cosas. Y aun mejor si se le añade un segundo tópico: el color rojo. Ahí está, una mesa roja. Bien mirado, no es un color frecuente en las mesas, pero es lo que ahora conviene para poder tener las cosas claras.Mesa, sillas y parasol

Porque todo el mundo, menos algún despistado, hace tiempo que está de acuerdo en que el color rojo no existe fuera de nuestra mente. Eso ya lo dijeron los primeros pensadores modernos, allá por el siglo diecisiete, si no antes, que se inventaron aquello de las propiedades primarias y las secundarias, como bien explicaban en secundaria (¿o era en primaria?).

 “El color rojo es una propiedad secundaria, que crea nuestra mente, mientras que la forma, el volumen, el peso y otras de ese género son primarias, y su existencia no depende de la percepción del sujeto que las percibe”.

O algo así decían. Lo malo está en que, lamentablemente, las propiedades primarias, cuando se rasca un poco en ellas, tienden a volverse más bien secundarias y, claro, ¿qué clase de cosa es una cosa que solo tiene propiedades secundarias? ¿Dónde va la solidez de la mesa? De hecho, ¿dónde va la mesa?

En fin, que conviene no fiarse de las mesas y pensárselo un poco antes de dejar algún objeto encima de ellas. Y, generalizando, lo mismo habría que decir de las sillas, especialmente si su uso lleva a poner en duda las propiedades primarias de que está encima.

Nº 20 / De la importancia de escoger bien los zapatos (Postales de María).

Pies 2A veces, afortunadamente no siempre, cuando paseo por alguna ciudad desconocida (porque nunca me pasa en casa, no sé por qué), matando la tarde después de cumplir el horario previsto de lo que haya tocado esta vez, inesperadamente, noto el tacto que produce en la planta de mis pies, adecuadamente colocados dentro de sus correspondientes zapatos, el peso de mi cuerpo, empujado por la maleducada gravedad, apretándose contra el suelo o, por decirlo más técnicamente, contra la superficie de la Tierra.

La molestia está en que, cuando eso pasa, esa percepción suele venir acompañada de una constatación algo incómoda. En concreto, que no tengo clara cuál es mi relación con la superficie de la Tierra.

Puede parecer una pregunta más bien tonta, pero no hay que fiarse. Porque, para empezar, ¿qué es eso que llamamos “superficie de la Tierra”?

Es cierto que se podría pensar que la contundencia de su mera presencia, su simplemente “estar ahí”, vuelve ridícula la pregunta. Y aún más teniendo en cuenta que los fotones, todos, y mira que son muchos, estarían de acuerdo con la evidencia de su existencia, que bien que se quedan enganchados en ella cuando se la encuentran, incluso calentándola un poco y hasta desarreglándole levemente su estructura molecular. Así que no le vengas a los fotones con sospechas sobre la  fiabilidad de la superficie de la Tierra.

Sin embargo, y hay que decirlo, si se le preguntase su opinión a los neutrinos, y son muchos más que los electrones, que ya es decir, no sabrían ni de lo que se les estaba hablando: “¿La Tierra? ¿Tú sabes qué es eso? Nunca me la he encontrado, y mira que tengo peinado y repeinado el universo de arriba apara abajo y de derecha a izquierda. Sobre todo de derecha a izquierda”.

Siendo así, no sé si dar la razón a los fotones o a los neutrinos.

En cualquier caso, mientras lo pienso, seguiré con este agradable paseo por esta ciudad tan agradablemente extraña aunque, eso sí, creo que, mientras camino, iré echando un ojo a los escaparates de las tiendas por si veo unos zapatos bien acolchados, soberbiamente blanditos, de esos con los que ni se nota el suelo al caminar. Y, si los encuentro, que se aclaren entre ellos fotones y neutrinos.

Nº 19 / Orientaciones para un uso comercial de la siesta (Estudios de Pérez)

Viñeta Andy Capp para blog

“Las respuestas recibidas al formulario distribuido permitieron detectar en los domingos, como por otra parte ya se sospechaba cuando se puso en marcha el estudio, unas necesidades diferentes de las existentes el resto de la semana.

En realidad, este hecho ya se podía deducir de la abundancia de productos tradicionalmente diseñados para la ocupación de este espacio temporal: fútbol, toros, misas, comidas familiares, partidas de cartas y dominó y, especialmente, la siesta del domingo por la tarde.

Ciertamente que la lista anterior se refiere a una época distinta de la actual, ya que hoy en día la mayor parte de los productos relacionados o casi han desaparecido (toros, misa…) o se han transformado radicalmente (deporte televisado en lugar de desplazamiento físico al estadio, videojuegos en lugar de partidas de cartas…) o son de nuevo cuño (suplementos dominicales de la prensa, redes sociales…).

Pero, precisamente por ello, la persistencia hoy en día del recurso a la siesta dominical (el 87% de los encuestados la practican más de dos veces al mes y un 37% todos los domingos) hace pensar que este producto aporta unas utilidades que ni han desaparecido ni han sido sustituidas por otros productos, y que, por tanto, siguen siendo objetivo potencial para un aprovechamiento comercial.

En este sentido, la encuesta confirma lo previsible, que su éxito se basa en su elemento esencial: el sueño. No obstante, el análisis técnico de las respuestas recibidas sugiere la existencia de una interesante disonancia cognitiva pues, mientras la práctica totalidad de los encuestados declaran como causa de la siesta de domingo por la tarde o bien el sueño derivado de la salida nocturna del sábado por la noche (55%) o bien el sueño provocado por la ingesta alcohólica de la comida familiar (32%), este dato no parece ser coherente con el resultado de las preguntas de contraste incluidas en la encuesta para verificar la fiabilidad de las respuestas, de las que parece deducirse que la causa real de la siesta, no declarada y probablemente inconsciente, es hacer pasar sin enterarse la tarde del domingo o, usando una expresión coloquial muy reveladora, “matar la tarde”.

En la medida en la que no parecen diferencias esenciales entre las tardes de domingo y las del resto de la semana, parece posible aprovechar esa ampliación de mercado mediante el diseño de adaptaciones que permitan trasladar gradualmente la siesta, no solo a otras tardes de la semana, sino también a horarios menos habituales (matinales). Entre estas adaptaciones se podrían encontrar algunas como, por ejemplo, medios de transporte colectivo con efectos narcolépticos, bebidas somnofílicas no alcohólicas o espacios de trabajo “sleep-friendly”.

Sin embargo, no se puede dejar de lado el hecho de que el resto de la semana ya se suele usar un sustituto de la siesta igualmente eficaz para la ocupación del tiempo, como es el trabajo (especialmente en jornada laboral obligatoria), si bien se pueden plantear pocas dudas de que existe un factor de intercambiabilidad trabajo/siesta muy favorable a esta última, dado el obvio carácter gravoso del primero.

Con todo, el proceso propuesto hay que entenderlo condicionado al desarrollo de nuevas capacidades (biológicas o culturales) para la siesta, actualmente muy insuficientes si lo que se plantea es una generalización de su uso con el objetivo a medio plazo de alcanzar un formato horario 24×7, para conseguir con ello “matar la tarde” en un sentido, se podría decir, cosmológico”.

Nº 18 / Chovinismo corporal (Sermones de Óscar)

Piernas largasPorque qué pasaría si tuviésemos una pierna. Y no digo “solo” una pierna, sino tener una  sin que nunca hubiese habido dos.

Y, bueno, quizás no estaría tan mal. No quedaría otro remedio que ir dando saltos pero seguro que lo haríamos con soltura y hasta elegancia. O eso nos parecería. De hecho, con toda probabilidad nos acostumbraríamos y terminaría por parecernos aberrante la posibilidad de tener dos piernas.

Por otro lado, tampoco nos vendría mal saber lo que sería tener exceso de órganos, como un ojo en cada dedo de la mano (debajo de la uña podría ser un buen sitio). O, más convencional, un brazo en medio de la espalda.

Por solo hablar del cuerpo. Porque tampoco sería muy divertido, por ejemplo, tener que hablar disponiendo de solo una docena de palabras. O que las únicas emociones disponibles fuesen, por decir algo, la desconfianza y el entusiasmo. Por no imaginar lo que sería que al dormir nos olvidáramos de quiénes somos y que cada mañana tuviéramos que volver a empezar a ser nosotros mismos. Francamente, sería un milagro que fuésemos la misma persona dos días seguidos.

Pero, en fin, para qué darle vueltas a todo esto. A fin de cuentas, en lo que nos interesa, tenemos todo lo que hay que tener y somos justo como tenemos que ser.

Eso sí, quizás no deberíamos ofendernos si alguien nos califica de chovinistas corporales. Sin duda lo somos, pero tenemos una buena excusa: estamos acostumbrados a ser así y nunca nadie nos ha advertido que se podría ser de otra manera.

Y, afortunadamente, parece poco probable que pase, que seguro que en Andrómeda tienen cosas mejores que hacer que venir hasta acá para chincharnos, y además que aquello queda muy lejos.

Nº16 / Contra la felicidad de los mirlos (Sermones de Óscar).

mirlo-felizTal y como yo lo veo, los animales y plantas no deberían quejarse. Todo lo contrario, me quejo yo. Quiero decir, nosotros.

Se puede decir que hasta hace bien poco no quedaba otro remedio que aguantar con esta situación de desidia y desorganización, pero ya no hay excusa. No nos podemos quedar con los brazos cruzados. Que la Creación haya cumplido su finalidad, en lo esencial, con nosotros, no excluye que se le pueda echar una mano para rematar aquellas cosas que, indudablemente, le quedaron un poco torcidas, por decirlo así. Precisamente es nuestra condición de seres privilegiados, que por su mera presencia justifican al resto de lo existente, la que nos obliga moralmente a hacerlo.

Digámoslo de una vez. La mayoría de los animales y plantas no sirven para nada por lo que, dejando de lado sentimentalismos trasnochados, deben tomarse medidas radicales. Basta con pensarlo un poco. ¿Quién aceptaría tener su casa con las paredes cubiertas de musgo y la bañera llena de insectos nadadores? Nadie. Pues ni dentro ni fuera. Es poco ético aceptar fuera de nuestras casas lo que no queremos dentro de ellas. Así que hay que hacer algo. Este planeta no tiene espacio suficiente para poder compartirlo con seres que no sirven para nada o, dicho de otro modo, que ya está bien de que los mirlos nos roben las cerezas y encima se nos rían en la cara.

Por supuesto, se podrían hacer excepciones puntuales. Parece razonable guardar algunos animales y plantas de los inútiles. Más que nada, por si acaso, que nunca se sabe. Pero sin pasarse, porque guardar una muestra de cada tipo sería cosa de coleccionista paranoico.

Por otra parte, hay que contar con que los amantes de animales y plantas pongan el grito en el cielo, como se suele decir. No hay problema. Que se queden con algunos para su uso privado. Pero también sin pasarse, que a ver qué va a ser. Hablamos de canarios y geranios, no de ballenas y selvas ecuatoriales.

En resumen, que se enteren los mirlos de una vez: las cerezas son nuestras y no vamos a compartirlas. No es nada personal, pero es lo que tiene ser los Reyes de la Creación (porque si encima nos quedamos sin cerezas, ya para qué…).

Nº 15 / Menú del día (Distorsiones per(ez)ceptivas)

menu-del-dia

El camarero me dejó en las manos la carta con el menú del día y allí mismo se quedó, mirando para mí y esperando. Supongo que como era temprano y todavía había poca gente, se permitía gastar el tiempo de ese modo tan poco eficiente, mirando para mí mientras yo terminaba de estudiar el menú.

Cuando, al cabo de unos segundos, los trazos negros sobre el fondo blanco del papel se terminaron de organizar en letras y palabras, pude comenzar. Sopa de tomate. Ensalada mixta. Judías pintas con arroz. Caldo de repollo. Cada uno de aquellos pequeños haces de palabras se me aparecía rebosante de complejidades y matices. Miré los segundos. Guiso de costillas. Trucha al horno. Pollo asado. Filete con patatas. Lo mismo. Peor.

Volví a empezar el estudio y se me debió de ir algo de tiempo en la cosa porque noté que el camarero comenzaba a bambolear los hombros y a pasar el peso del cuerpo de un pie para el otro, al tiempo que agitaba el bolígrafo que había tenido desde el principio en posición de espera sobre la libretita de los pedidos.

– Sopa de tomate y guiso de costillas –le indiqué, después de resolver el dilema optando por los primeros de la lista.

– ¿Vino y gaseosa? –me preguntó, y había desconfianza en su voz.

– Sí –le dije, aunque yo no acostumbraba a beber vino, pero no me atreví a alargar más la cosa poniéndome a pensar en la cuestión.

En un tiempo sospechosamente breve, ya tuve bajo mi nariz un humeante plato en cuyo contenido me sentí obligado a hurgar con la cuchara. Era una materia pastosa en la que se conseguían diferenciar dos tonos de la gama del rojo, dando lugar a un conjunto elegante pero algo monótono. Con el fin de contrastar las sensaciones visuales con las gustativas, cargué la cuchara de la materia del plato y la tragué.

Me hubiera gustado profundizar en las sensaciones que comenzaban a irradiar desde mi boca pero a penas estaba comenzando el análisis cuando un brazo dejó en el borde de la mesa otro plato lleno de cosas. Suspendí las operaciones en marcha y me puse con el nuevo material, que parecía igualmente prometedor.

La exactitud de las aristas de los cuadrados blancos y blandos que se distribuían elegantemente por todo el conjunto, la textura de las hebras oscuras alrededor de piezas duras y alargadas, el brillo graso del líquido en el que flotaban pequeñas y encantadoras esferas verdes junto con trocitos irregulares de materia anaranjada, todo ello exigía atención y dedicación.

Cuando ya comenzaba a tener cierta familiaridad con el contenido del plato, me di cuenta de que el camarero, de nuevo, volvía a estar al acecho. Al principio pensé que podía ser porque pudiera pensar que no me estaba gustando la comida, pero enseguida me pareció más probable que estuviese algo alterado por lo que estaba tardando en dejar la mesa libre, ahora que se había ido acumulando gente y había cola para sentarse.

Delante de aquella mirada no me atreví a pedir nada más así que me quedé con las ganas de enfrentarme a la gelatinosidad de un flan o a la suculencia de una pieza de melón que, creía recordar, ofrecía el menú. Pagué y, al ponerme de pie, la debilidad de mis piernas me hizo darme cuenta de que me había bebido casi toda la botella de vino. Y sin la gaseosa.

Me fui para casa, aprovechando la turbiedad del alcohol para no fijarme demasiado en las cosas que iba dejando a mi alrededor. Al llegar, me metí en la cama y conseguí quedarme dormido antes de tener que comenzar a pensar en lo que haría cuando me despertarse.

Nº 14 / En defensa de la polinización (Sermones de Óscar).

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A la hora de revisar, pensando en su mejora, la fisiología humana, en materia de sexo la verdad es que se podría pensar que hay poco margen para tal mejora. Porque tanto en sus elementos estructurales, la diferenciación por géneros, por ejemplo, como los de detalle, y ahí tenemos el diseño de los órganos implicados, asoma la grandeza de la genialidad. Entre sus piernas, solución al tiempo práctica y elegante, el ser humano tiene al alcance de su mano, o de cualquier otra mano u órgano, una herramienta de experimentación cuasi mística inagotable. Bueno, por lo menos, renovable.

Sin embargo, y lamentablemente, se cometió un error injustificable. Porque vincular como se ha hecho, de manera claramente gratuita, el sexo con la reproducción ha dado  lugar a una fuente permanente de desorientación y malestar. Y es que aun aceptando que se optase por hacer mortal al ser humano, algo ya a todas luces discutible,  y que, por lo tanto, fuese necesaria alguna forma de sustitución de los individuos, se debería haber optado por cualquier otro sistema (partenogénesis, oviparismo, polinización…) que, además de no afectar al discurrir cotidiano de la gente embarullándolo con embarazos, partos, pañales, actividades extraescolares y demás zarandajas, evitara también los perniciosos efectos que sobre la imagen que tenemos de nosotros mismos puede inducir la desasosegante proximidad que actualmente sufrimos entre sexo y reproducción.

Porque, tengámoslo claro, habrá almas cándidas  que puedan llegar a pensar que la finalidad del sexo es la reproducción y, entonces, con esa misma deformada lógica, terminar por sospechar que el resto de las actividades humanas (comer, dormir, respirar…) también responden al mismo fundamento instrumental. Que, como quien dice, sirven para algo. Pues no señor, no me da la gana. Porque, seres esenciales y finalistas como nosotros somos, debemos mantener las distancias de cualquier sospecha de servidumbre, que se empieza por ahí y a saber dónde se acaba.

Y, por eso, para ahuyentar esas ridículas fantasías, debemos afirmar rotundamente que la causa de esa deplorable y antinatural unión entre sexo y reproducción no es otra que la mezquina economía de medios que rigió el diseño de algunas de las funcionalidades del ser humano, que en este caso es palmario. En los órganos en los que ya se concentraban las funciones sexuales y excretoras, ¡no se les ocurre otra cosa que colocar también las reproductivas! Demencial…

No tengo palabras delante de esta falta de generosidad que, escondiéndose en criterios de economía, dejó de lado aspectos esenciales del equilibrio emocional humano. Y así nos va, con lo bien que estaríamos polinizándonos en primavera…

Nº 13 / Carta de queja a Juan José Millás (Intrusiones de González)

Objeto extraño

Sr. Millás:

Lo de estimado no se lo pongo. Lo siento, pero no me sale. Disculpe la descortesía pero es que le tengo algo de manía. Sí, ya sé que es injusto y, usted, si supiera de qué le hablo, me podría decir que no ha habido mala voluntad por su parte, y sería cierto. Pero, con todo, se la sigo teniendo, ya ve usted. La manía, digo. Y, claro, así no me sale lo de estimado. Además, sería hipócrita, digo yo.

Lo pongo en antecedentes, si le parece. Pues, verá, yo estaba muy contento con mis cuentos, bien guardados en el cajón para cuando me decidiera a hacer algo con ellos. Aunque nunca lo hacía, ni se me ocurría. Porque tener esos cuentos guardados en el cajón me permitía regodearme a placer con ensoñaciones tibias… El envío a la editorial (con una nota concisa y discreta pero rezumante de indisimulable brillantez), la contestación (obviamente, positiva), los primeros contactos con el nuevo mundo (en el que, por supuesto, habría chicas atractivas e impresionables)… En fin, la publicación, las críticas en los suplementos, presentaciones, ruedas de prensa, los comentarios de la gente, las invitaciones a cosas interesantes, los famosos, etc.

Como comprenderá, no iba a arriesgarme a perder todo eso mandando a una editorial lo que tenía para que me contestaran con la carta habitual, con la previsible negativa insultantemente cordial. Ni loco. Y yo estaba tranquilo, con los cuentos bajo llave (literalmente). Sí, era un ingenuo, pero cómo iba yo a imaginar que me pudieran desaparecer los cuentos (y con ellos todas esas imaginadas dulzuras) sin ni siquiera sacarlos del cajón.

Aunque, bien mirado, lo raro  era que no hubiera pasado antes. De hecho, nunca terminaba de sorprenderme que nadie se hubiese dado cuenta de la evidente utilidad epistemológica de los armarios ropero. Porque, ¿qué mejor forma de tratarse con la realidad que metiéndose dentro de un magnífico y acogedor armario? ¿Quién podría dudar de que al fondo de cada uno de ellos hay un hueco que lleva adonde yo me sé? Y qué decir de los espejos y de las tardes de domingo. Pues lo mismo. En realidad, si uno sabe retorcerlo adecuadamente, cualquier objeto cotidiano, hasta una piedra encontrada en la calle, puede comenzar a verse como un objeto sospechoso y amenazador. El problema estuvo en que, a esa actividad de retorcimiento, hay que reconocerlo, usted ya llevaba un tiempo dedicado.

Como puede imaginar, no me hizo gracia ir encontrando todo eso en sus cuentos. Fue duro. ¡Lo que me había perdido! Me había quedado sin la visita a la editorial, sin las chicas atractivas e impresionables, sin cócteles con famosos, las ruedas de prensa, todo eso. Porque a ver cómo iba yo ya a mandar nada a nadie ahora, con qué cara, si de golpe todos mis cuentos se han vuelto patéticas imitaciones, insulsos plagios…

Y termino. Si anda corto de historias para alguna recopilación, me lo dice y le mando unas cuantas, que para qué las quiero yo ya, qué voy a hacer ahora con ellas. Incluso esta misma carta, diría yo, podría pasar por un cuento suyo, sobre todo teniendo lo mucho que le gusta todo lo relacionado con suplantaciones e impostores. Por cierto, lo que no tengo muy claro es si todo esto me convierte en un presunto suplantador o, más bien, en un falso impostor…

En fin…

Nº 12 / Todo lo que nos sobra (Sermones de Óscar)

Todo lo que nos sobra 3Uno, los ojos. Hay que sacarlos de ahí como sea, y un buen sitio para llevarlos puede ser a las manos, cada uno en la palma de una mano, por ejemplo, así que, para dejar de ver, en lugar de bajar los párpados, doblaríamos los dedos. Bien. Seguimos.

Dos. Las orejas, a los sobacos.

Tres. La nariz, al centro del pecho.

Cuatro. La boca, a la ingle, acompañando a su par.

Claro que entonces ya me diréis qué pinta el cerebro abandonado en la cabeza, por llamarle todavía así a esa excrecencia. Definitivamente, no tiene sentido hacer las cosas a medias. Llegados a este punto, mejor ser radical.

Cinco. El cerebro, se encaja entre los pulmones.

Seis. Los brazos y las piernas, suprimidos.

Perfecto. Hemos convertido el cuerpo en una bola de carne. La movilidad ahora, a la fuerza ahorcan, tendría que ser por rodamiento y, si hiciese falta, por salto y torsión.

Claro que, siendo así, habría que repensar todo lo que se acaba de hacer con las cosas de la cabeza. Pero, bien mirado, la solución no sería difícil: boca, ojos, nariz y orejas, en un número variable y pendiente de determinar, se pueden dispersar alrededor de los dos ejes de giro aunque, eso sí, a una distancia razonable de la zona de rozamiento con el suelo.

De todas formas, pensándolo bien, ¿quién necesita todo eso? Porque, en realidad,  basta con asegurar algún sistema de alimentación y para eso puede ser suficiente con tener un barredor de restos orgánicos del suelo. ¿Cómo? Pues tapizando la piel, en la zona de contacto con la superficie, con células del aparato digestivo apropiadas a la funcionalidad exigida: así el rodar se convertiría en una especie de pacer, indiferente a casi todo.

Y ya está, problema resuelto. Quedan algunos detalles pero, en lo esencial, he ahí el nuevo ser en el que conviene convertirse para evitar toda ese agotamiento de sonidos, visiones, sabores, olores, cada uno exigiendo ser sentido, interpretado, deseado o evitado. Mucho mejor así, liberados por fin de tanto sobresalto. ¿Algo aburrido, quizás? Obviamente, pero ya sabíais que no se puede tener todo en la vida, ¿no?